Había una vez un joven viajero, tan joven, tan joven, que podría ser de tu edad. Viajaba con una piedra muy extraña en su mochila. No era una piedra cualquiera: era como una aglutinación de cosas que se quedan contigo en un momento sin que te des cuenta, y te van pesando como si fueran mil planetas hundiéndote el pecho. Era un recuerdo, un dolor antiguo que había llegado de golpe cuando él era muy pequeño, antes de que supiera bien cómo defenderse o entender el mundo. Como la piedra era tan grande y dolía tanto al respirar, el viajero había aprendido a correr muy rápido y a no mirar hacia atrás para no sentirla. Pero estas piedras tienen el poder, aunque no las mires, de que tus pasos vayan siendo más y más cansados.
Harto del peso y el desgaste, por indicaciones de un mago alquimista llamado Merlín, decidió recorrer el llamado Valle del Tiempo, atravesando en su ruta de forma obligatoria seis parajes singulares. Solo transitando cada uno con calma, la extraña piedra se iría descomponiendo como cuando el planeta Tierra trabaja las piedras y las digiere hasta convertirlas en suelo fértil donde salen plantas y un hermoso y nuevo ecosistema.
Según este viejo sabio, debía de ir solo para comprobar que todo el valor y la fuerza residían en su interior. También le dijo que la alquimia que él enseñaba era enlazar la sombra con la luz para adquirir una gran visión, vislumbrar hermosos conjuntos, formar equilibrados paisajes como constelaciones, para recrear la gran obra: la vida, la creación… A nuestro inexperto viajero le pareció que el mago se había puesto poético en exceso, pero guardó estos mensajes en su memoria con confianza y se aventuró a comprobar los beneficios de aquella intrigante ruta.
Parecía que él iba a ser como una de esas sustancias que los alquimistas hacen pasar por varios estados a través de procedimientos químicos de transformación para alcanzar un mejor estado final, ¡como cuando se cocina algo!
La primera parada era La Estación del ¡No puede ser! Era el lugar del desconcierto, de cuando el mundo se rompe de repente y uno se queda con los ojos muy abiertos diciendo: «Esto no debería haber pasado». En esta zona soplaba un viento frío y sintió la intemperie con toda su potencia. Se dejó llevar por la necesidad de gritar fuerte y así liberó el asombro y pudo continuar.
La segunda parada era El desierto del Enojo, con una arena ardiente que provocaba mucha sed de justicia. En este espacio, las manos se le cerraron con fuerza y la rabia salía en forma de fuego y protesta, limpiando por dentro la injusticia de lo vivido. Abrazando ese fuego interior superó esa etapa.
La tercera parada era la más silenciosa y a veces la que más encogía el cuerpo: La Cueva del Miedo y el Desvalimiento. Aquí el viajero tuvo que recordar la sensación de sentirse pequeño, indefenso, asustado y sin saber qué hacer. Era un sitio donde temblaban las piernas, pero saber que ya había pasado y que ahora estaba a salvo permitía que el miedo dejara de esconderse en la sombra. Mirando el miedo, consiguió seguir su camino.
La cuarta parada era El Puente de la Tristeza Profunda. Por este sendero sintió la brecha de una orilla a la otra que habría de alcanzar y sus lágrimas corrieron sin pedir permiso mientras el corazón se permitía llorar todo aquello que dolió perder o no tener. Aquí el viajero acunaba su propia pena, soltando el aire despacio.
La quinta parada era La Llanura de la Resignación y la Aceptación. Un terreno firme, de meseta en la que se podía ver siempre más allá. Entonces nuestro pequeño gran viajero se dio cuenta de que aunque había creído que se perdería en el asombro, o en el enojo, o en el miedo y la tristeza, todas esas cosas nada pudieron contra él; todo fue pasando y él continuó adelante. En este punto ya no peleaba contra lo ocurrido ni intentaba cambiar el pasado; simplemente miraba la realidad de frente y decía: «Esto pasó, forma parte de mi historia, y yo estoy aquí. Las emociones pasan y yo permanezco».
Nunca supo muy bien como logró alcanzar esta quinta parada. Quizás fueron aquellas palabras del mago alquimistas las que como un aliento le inspiraron y avivaron su fuerza interior.
Así había ido creciendo en este camino convirtiéndose más en lo que quería ser, o en realidad desplegando lo que siempre había sido; cuando finalmente, subiendo una pequeña colina llegó a la sexta y última parada: El Mirador del Sentido. Desde allí arriba, de repente notó el pecho ya ligero y sin peso, mientras al mirar hacia atrás, consiguió entender algo profundo: cómo aquel dolor tan grande le había enseñado lo valiente y fuerte que era en realidad. Desde allí pudo ver el cuadro completo de todo su viaje; ahí estaban la rabia, el miedo y la tristeza, junto a la esperanza, la ternura y la belleza, mostrándose indivisibles. Comprendió entonces lo que el mago alquimista le quiso decir con enlazar la sombra con la luz y adquirir así una gran visión, como una revelación. En vez de luchar con la oscuridad, la luz se reparte en ella fraccionándose en sus múltiples tonos y aceptar toda esa paleta de colores resulta en disfrutar de la riqueza de un cuadro lleno de plenitud.
Ahora la experiencia ya no era una trampa; era un mapa de conocimiento gracias al cual él ya sabía cruzar, y el mundo era un lugar en el que experimentar y aprender.
Y cuando parecía que estaba terminando su viaje intuyó que en realidad estaba empezando uno nuevo más pleno, y siguió adelante, ahora sí, más ligero, y algo más sabio, mientras se decía para sus adentros «Cada día es una nueva oportunidad para enlazar la oscuridad con la luz».