Los incendios forestales no solo dejan un paisaje devastado en el entorno natural y en las comunidades, sino también en la mente y en la vida de quienes los padecen. Exponerse a una experiencia de riesgo para la vida humana genera un impacto psicológico comparable a un traumatismo físico y una reparación psicológica en las emergencias se hace obligatoria: habitualmente la persona no puede valorar el alcance del daño, y las primeras horas son cruciales para recibir de profesionales, valoración, prevención y reparación emocional.
1. ¿Qué es el estado de shock?
El estado de shock psicológico es una reacción de estupefacción emocional y afectiva que limita la capacidad de respuesta adaptativa ante un acontecimiento extremo, inesperado o inescapable, como puede ser un desastre natural, un accidente grave, una agresión sexual o una guerra.
En este estado se bloquea o altera la afectividad, pudiendo aparecer desorientación, desconexión de la realidad (desrealización) o sensación de extrañeza respecto a uno mismo (despersonalización). Estas manifestaciones son formas de disociación, mecanismos automáticos con los que la psique intenta desconectarse del desbordamiento emocional.
Se puede presentar en dos formas (Patiño, 2005, citado en Muñoz, 2013):
- Shock activo: agitación, gritos, hiperactivación, deambulación, confusión.
- Shock pasivo: paralización, catatonía, hipoactividad, mutismo o mirada fija.
Se trata de las primeras reacciones tras vivir un acontecimiento extremo como un incendio, y es una respuesta inmediata del organismo, que busca garantizar la supervivencia bloqueando las emociones más intensas. Sin embargo, al igual que en un accidente físico, donde las primeras horas son cruciales para atender las posibles lesiones, también lo son para la integridad psíquica.
El shock suele abrir un proceso que, en muchos casos, sigue fases similares al duelo: shock, negación, ira, miedo, tristeza, resignación, aceptación y, finalmente, resignificación. Reconocer este ciclo, y la fase de negación como parte de él, es esencial para acompañar a las víctimas y prevenir que se instalen en un estado de alerta permanente, o en mecanismos de negación y evitación que impidan procesar la experiencia.
Después de una emergencia, las personas son más vulnerables y manipulables emocionalmente, como ocurre en el síndrome de Estocolmo: se produce una sobreadaptación, pérdida de referencias internas y reducción de la capacidad de discernimiento. Todo ello genera respuestas automáticas que mantienen la sensación de “seguir en emergencia”, incluso mucho después de haber concluido el peligro objetivo.
2. Prevención de trastornos de ansiedad
La prevención es clave en la gestión psicológica de emergencias. Intervenir de manera temprana permite disminuir significativamente el riesgo de que el impacto derive en trastornos de ansiedad o en un Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT).
Para ello la Junta de Castilla y León mantiene un convenio con el Colegio Oficial de Psicología de Castilla y León (COPCYL), que permite activar un programa específico de atención inmediata a las víctimas de desastres, emergencias y catástrofes a través del 112: el Grupo de Intervención Psicológica en Desastres y Emergencias (GRIPDE). Ello supone que la persona debe llamar en esa situación de emergencia y no después, aunque se encuentre en un estado que no le permite estar lo suficientemente consciente como para valorar la afectación que le está produciendo dicha emergencia. Es decir, en todo caso en las primeras horas de cualquier experiencia que implique riesgo para las personas, se debería de llamar al 112 y solicitar la atención de este programa GRIPDE, que ofrece:
Intervención rápida para minimizar el impacto psicológico tras el suceso.
Acompañamiento emocional a las víctimas y sus familias.
Coordinación con otros profesionales implicados: policía, bomberos, sanitarios, voluntariado…
Formación a equipos de intervención para reforzar la respuesta psicológica en crisis.
Vivencia vicaria de situaciones de riesgo
No solo quienes están en primera línea (bomberos, brigadistas, vecinos) sufren impacto directo. También la población que presencia, acompaña o recibe noticias constantes de los incendios u otras emergencias puede experimentar una vivencia vicaria de amenaza para la integridad física o psíquica. Esta exposición indirecta activa respuestas similares a las de las víctimas, incrementando la vulnerabilidad emocional.
No podemos más que paliar el estado de shock o desorganización que se vive en los primeros momentos y horas, pero sí podemos y debemos asistir y acompañar en la fase de reorganización durante los primeros meses, en los que se puede dar tanto una sintomatología aguda de ansiedad, o una negación, como reacción postraumática retardada, que se caracteriza por su sintomatología de apatía o indiferencia para protegerse del intenso dolor emocional. Y también podemos contribuir en la fase de readaptación, a partir de los seis meses, para alcanzar una recuperación frente a una posible cronificación de la sintomatología traumática dando lugar por ejemplo a un Trastorno de Estrés Postraumático.

3. Trastorno de Estrés Postraumático tras reparación psicológica en las emergencias
El trastorno de estrés postraumático (TEPT) se entiende que se da a partir de los 6 meses después del acontecimiento altamente estresante porque consideramos entonces que se ha cronificado, y la persona se encuentra atrapada en la experiencia que no ha podido digerir. En ocasiones las secuelas pueden aparecer meses o años después.
Síntomas tras reparación psicológica en las emergencias
- Síntomas de reviviscencia: Recuerdos intrusivos, pesadillas o flashbacks.
- Síntomas de reactividad y ansiedad: sobresalto fácil, hipervigilancia, insomnio.
- Síntomas de evasión: evitación de lugares, personas o situaciones que recuerden la experiencia.
- Síntomas cognitivos y del estado de ánimo: ausencias, tristeza profunda, irritabilidad, culpa o sensación de desapego, conductas autodestructivas.
Además, con frecuencia se da una dificultad de adaptación a la vida habitual. Por ejemplo en veteranos de guerra el TEPT se asocia con dificultades para readaptarse a la vida civil después de la guerra, lo que motiva a algunas personas a volver al frente.
4. Perspectiva Neuropsicológica
Desde la perspectiva neuropsicológica, el impacto de la vivencia desbordante genera una ruptura del equilibrio entre sistema consciente e inconsciente. El estrés extremo activa fuertemente la amígdala, encargada de las emociones. La hiperactivación amigdalar inhibe la actividad del hipocampo y de la corteza prefrontal medial, dificultando la consolidación de recuerdos explícitos y la regulación emocional, produciendo el característico síntoma de desconectar al SNC de la experiencia que sin embargo si está registrando y guardando el cuerpo a través del SNA. A largo plazo puede haber alteraciones estructurales y funcionales por estrés crónico produciendo una amígdala inflamada y el hipocampo muestra hipoactividad y, a largo plazo, incluso reducción de volumen en personas con trastorno de estrés postraumático (TEPT) (Bremner, 2006; Gilbertson et al., 2002). El sistema autónomo queda sobrecargado, almacenando información que el sistema central no procesa. Si no se integra, permanece como una memoria latente que se activa en momentos inesperados, reeditando la emergencia, presentando procesos automáticos como respuestas fisiológicas condicionadas (hiperactivación autonómica, hipervigilancia, reactividad) que se reactivan ante estímulos recordatorios.
En el TEPT, la información traumática se guarda en forma de fragmentos sensoriales, emocionales e implícitos, más que en recuerdos narrativos integrados (Brewin, 2001; van der Kolk, 1994). Atender, comprender e integrar esta experiencia permite transformar el trauma en aprendizaje y resiliencia, en lugar de que se convierta en una herida abierta.

5. Cerrar el ciclo para no repetir
Una experiencia no se puede dar por concluida hasta que no se ha agotado toda la emoción provocada. En contextos de emergencia, cerrar este ciclo implica primeramente liberar la carga emocional asociada, por lo que cuanto antes se practique gestión emocional y se desahogue esa emoción, mejor, pues la evitación ya hemos visto en otro post de este blog que es fatal opción.
Por ello, es fundamental:
- Crear espacios seguros de desahogo y expresión emociona y permitir que las víctimas lloren, expresen rabia, miedo o tristeza
- Acompañar con una respuesta afectiva (emocional), no solo racional, como haríamos al calmar a un bebé que llora.
- Suprimir la evitación emocional, ya que bloquear la emoción multiplica el riesgo de cronificación.
El objetivo es retrotraerse al momento del impacto para liberar todo lo que no pudo expresarse entonces. Posteriormente, es necesario realizar un proceso de duelo por lo perdido: personas, paisajes, hogares, seguridad, proyectos de vida.
Cerrar el ciclo no significa olvidar, sino dar sentido a la experiencia. Esta resignificación se convierte en una “vacuna emocional”: la información integrada permite a la persona no repetir patrones de bloqueo o indefensión en el futuro.
Conclusión del proceso de prevención y reparación psicológica en las emergencias
La atención psicológica en emergencias no puede limitarse al momento de apagar el fuego. Es un proceso de prevención y reparación que requiere acompañamiento profesional y comunitario. Identificar el estado de shock, prevenir la cronificación de la ansiedad, prestar atención también a los signos a largo plazo como los síntomas del estrés postraumático y cerrar el ciclo son pasos esenciales para recuperar no solo la normalidad, sino también el sentido y la fuerza vital tras una experiencia devastadora. En la reparación de catástrofes naturales, como los incendios que hemos sufrido este año en el noroeste ibérico, no sólo hay que restaurar el paisaje natural y patrimonial, sino también el humano, valorando los daños, evaluando y reparando correctamente esas secuelas más ocultas, pero no menos importantes.