Psicología Infantil: Cómo Ayudarles a Gestionar Emociones

niños en grupo trabajando emociones con apoyo adulto mediante tarjetas emocionales en ambiente lúdico y educativo

Uno de los mayores retos a los que se enfrentan hoy en día padres, madres y docentes es acompañar a la infancia en el desarrollo de su mundo emocional. La psicología infantil ha demostrado que una buena gestión emocional no solo previene conductas problemáticas, ansiedad o retraimiento social, sino que también favorece el desarrollo de aspectos tan importantes como la autoestima, la creatividad y el rendimiento académico.

Además, la capacidad de gestionar emociones de manera efectiva es fundamental para formar relaciones interpersonales saludables. Dentro de este contexto, la tolerancia a la frustración emerge como una habilidad esencial, la cual puede (y debe) cultivarse desde las primeras etapas de la vida, para permitir aprender en la niñez a enfrentar desafíos de forma constructiva.

¿Qué son las emociones y por qué son importantes en la infancia?

Las emociones son reacciones psicológicas que poseen un importante componente fisiológico y movilizan energía para orientarnos ante lo que ocurre en nuestro entorno. Lejos de ser “malas” o “buenas”, las emociones son necesarias: nos informan, nos motivan y nos conectan con los demás. Por ejemplo, la tristeza invita al recogimiento y la reflexión; la alegría impulsa a compartir; el miedo nos alerta de un posible peligro. Cada emoción cumple una función adaptativa en la vida humana, y aprender a reconocerlas y expresarlas adecuadamente es el primer paso para desarrollar la inteligencia emocional.

La infancia es una etapa crucial para el desarrollo emocional. Aprender a reconocer, nombrar y canalizar las emociones desde edades tempranas no solo fortalece la autoestima y las habilidades sociales, sino que también predice el éxito académico y la salud mental futura.

Durante la infancia, el desarrollo emocional está estrechamente ligado al acompañamiento adulto. Según Vygotsky (1978), los niños aprenden dentro de una “zona de desarrollo próximo”, en la que la persona adulta actúa como mediadora. Esto implica que, en momentos de frustración o emociones intensas, no basta con “dejar que el infante se calme solo”. Es fundamental acompañar, nombrar la emoción y ofrecer herramientas para canalizarla. Al mismo tiempo, es de vital importancia estimular el desarrollo emocional, incrementando la dificultad dentro de esa zona.

La gestión emocional consiste en reconocer y nombrar nuestras emociones, aceptarlas, comprender el mensaje que nos traen y facilitar su expresión de forma constructiva.

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El papel de la frustración en el desarrollo infantil

A veces, tratamos de evitar que nuestros hijos e hijas sufran o vivan experiencias frustrantes. Sin embargo, si acostumbramos a los menores a tenernos siempre a su disposición para que no enfrenten desafíos o incomodidades, cada vez encontrarán más situaciones en las que necesitarán nuestro apoyo y atención, y fundarán su seguridad en la dependencia de otras personas. Esta dependencia, en lugar de ser una base segura, puede ser el origen de problemas emocionales y ansiedad.

La verdadera seguridad radica en prepararles para la vida, lo que incluye fomentar contextos de aprendizaje con dificultad creciente, en los cuales se refuerce su exploración independiente y autonomía. Esto les permite desarrollar sus propios recursos para afrontar situaciones desagradables o retadoras.

Por el contrario, si les damos todo hecho, crecerán con la expectativa de obtener todo de forma inmediata y sin esfuerzo, lo que reduce su tolerancia a la frustración.

La frustración es, en realidad, un componente esencial del crecimiento. Como señalaron Eisenberg et al. (2004), pequeñas dosis de frustración permiten desarrollar en la niñez autorregulación emocional, empatía y habilidades sociales. Evitar que se frustren no les protege, sino que les debilita.

Frustrarse es natural. Lo importante es qué hacemos con esa emoción. La frustración, cuando se maneja adecuadamente, fortalece la creatividad, mejora la concentración y prepara a la infancia para asumir errores, superar obstáculos y perseverar en sus objetivos. Es decir, prepara para la vida.

La tolerancia a la frustración, eje central de la inteligencia emocional, es la capacidad de sostener la incomodidad de no obtener lo que queremos inmediatamente.

Tolerancia a la frustración e inteligencia emocional

La tolerancia a la frustración es la base de la perseverancia, la resiliencia y la autonomía. Los menores con baja tolerancia suelen rendirse ante el primer obstáculo, mostrar conductas explosivas o adoptar el rol de víctima. Por ello, enseñarles a lidiar con el error, el “no”, la espera o el cambio es un regalo vital para su desarrollo emocional y social.

Esto tiene una correlación directa con el éxito académico y social. Según el famoso experimento del “marshmallow” de Mischel et al. (1989), los estudiantes que lograron posponer la recompensa obtuvieron mejores resultados académicos y demostraron mayor estabilidad emocional en la adultez.

Un estudio realizado con estudiantes de secundaria mediante el Mirror Tracing Frustration Task (MTFT) reveló que aquellos con mayor tolerancia a la frustración obtenían mejores resultados académicos y mayor tasa de acceso a estudios superiores, incluso controlando el coeficiente intelectual . Asimismo, en un estudio con estudiantes de música, se comprobó que esta capacidad permitía mantener la creatividad a pesar de las emociones negativas.

Estos hallazgos se relacionan con las funciones ejecutivas, como la planificación, la resolución de problemas, la toma de decisiones y la autorregulación. Mejorar la tolerancia a la frustración tiene un impacto positivo en estos procesos, especialmente durante la adolescencia, una etapa de alta vulnerabilidad emocional.

En casos de ansiedad por baja tolerancia a la frustración, es de gran ayuda cuestionar pensamientos automáticos, como las 11 creencias irracionales descritas por Ellis. Trabajar creencias como “debería ser perfecto” o “no puedo con esto” ayuda a reducir la ansiedad y mejorar el desempeño.

En adolescentes con ansiedad ante exámenes, la tolerancia a la frustración se ha mostrado como un factor protector. Al aprender a aceptar que no todo saldrá perfecto y que es posible equivocarse sin que eso implique un fracaso, la presión disminuye y el rendimiento mejora.

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Frustración y seguridad en el vínculo

Un vínculo saludable no se basa en una disponibilidad permanente, sino en un equilibrio entre la conexión emocional y el espacio necesario para la autonomía. Pretender una presencia constante sería insostenible y provocaría inconsistencias, generando una frustración desbordante e inabarcable para el menor.

La cercanía no implica estar pegados, ni confundidos o indiferenciados. La verdadera seguridad proviene del orden entre nuestras distintas posiciones y roles. Estar excesivamente presentes puede restar espacio al niño o niña para desarrollar su propia capacidad de respuesta: su ámbito de responsabilidad y su autonomía para hacerse cargo de determinadas situaciones. Por ejemplo, al principio podrá empezar por su deambulación, luego por el cuidado de sus objetos personales, la resolución de conflictos en sus relaciones, el orden de su habitación, la organización de su ropa, etc.

En otro artículo de este blog dedicado a los vínculos y apego seguro, abordamos el esquema de la parte ayudada y la parte ayudadora, que llamamos “patrón dependiente” y “patrón codependiente”. Identificarlos ayuda a evitar caer en un modelo donde el menor interioriza la creencia de que no puede avanzar sin la intervención del adulto, dificultando su autonomía y generando ansiedad por separación.

Lo verdaderamente útil es que los mayores estimulemos y animemos a la infancia a ir abordando las dificultades por partes y con tranquilidad, dando espacio para que puedan experimentar una parte de frustración, equivocarse y aprender de sus errores dentro de un entorno seguro. Necesitamos transformar nuestra forma de amar, pasando de hacernos cargo de la otra persona, a creer en ella y apoyarla para que lo enfrente a su ritmo.

Retirarse un poco también es amar. La seguridad en el vínculo es que las hijas e hijos aprendan que estamos ahí de alguna manera, desde el sentimiento, desde nuestra confianza en ellos, aunque no estemos siempre pegados. Esto se va construyendo con una retirada paulatina en el espacio físico, transmitiendo nuestra sabiduría sobre el sostén emocional, de manera que se transforma progresivamente en un sentimiento de confianza mutua.

Claves prácticas para familias: ¿cómo fomentar una buena gestión emocional?

1. El valor del orden frente al caos

La infancia necesita orden y estructura: horarios adecuados, rutinas previsibles y normas claras. Este orden proporciona seguridad, ya que define las posiciones y roles de cada miembro de la familia, según la capacidad real de respuesta de cada quien. No es lo mismo lo que puede hacer un menor de 6 años que una de 14 años, que la capacidad de un padre o madre, o la de profesionales. No es lo mismo lo que está en su mano hacer y cada quien tiene su ámbito de actuación y de responsabilidad.

2. Autonomía progresiva

La claridad en las normas en la niñez garantiza el saber qué le corresponde hacer y en qué tiene capacidad para actuar. Es fundamental que vaya asumiendo responsabilidades acordes a su edad, para prepararlo para la vida. La autonomía no surge de golpe; es un proceso gradual que debe ser guiado. Las actividades deben ser apropiadas para su desarrollo y deben tener consecuencias que pueda manejar. No debe tomar decisiones sobre algo que asumirá las consecuencias otra persona. Esto también previene manipulaciones (como el victimismo) que pueden dificultar la convivencia.

3. Ordenar el mundo desde la comprensión

El orden no debe confundirse con rigidez o desconexión. La disciplina debe ser firme, pero sin drama. Como proponen Siegel y Bryson en su libro “No-Drama Discipline” (mal traducido como “Disciplina sin lágrimas”), la disciplina no es sinónimo de represión, gritos, sino que se trata de educar desde la empatía, la conexión y el respeto mutuo, ofreciendo una guía a los padres para ayudar a gestionar las emociones de sus hijas e hijos y a fortalecer vínculos, incluso en situaciones difíciles.

Basado en los descubrimientos de la neurociencia sobre cómo el cerebro infantil procesa las emociones, desde una impulsividad primaria a una mayor intervención de la corteza prefrontal, prescribe no ignorar el contexto emocional sino partir de éste. Convertir rabietas en oportunidades de crecimiento primero desde la conexión antes de la corrección, implica sintonizar con el mundo emocional del niño, comprenderlo, y luego reflexionar sobre cómo ocurrió y cómo actuar mejor la próxima vez.

4. Preparar para la vida

En lugar de sobreproteger, es mejor preparar al menor para los desafíos que enfrentará. Cuando se frustra, el objetivo no es evitarle el malestar, sino enseñarle a superarlo y darle las herramientas necesarias para ello. Esto también implica asumir errores propios. . En lugar de culpar al entorno, así aprende que equivocarse es parte del proceso y que puede sacar un aprendizaje de cada tropiezo.

5. Limitar el uso de pantallas

El abuso de dispositivos digitales reduce la tolerancia a la frustración y afecta la autorregulación emocional. La adicción a videojuegos y redes sociales puede generar respuestas emocionales más impulsivas. Es esencial limitar el tiempo ante las pantallas y priorizar actividades alternativas que fomenten la interacción cara a cara y la exploración del entorno. Este tema se ha tratado más a fondo en otro artículo de este blog.

6. Predicar con el ejemplo

Los adultos también necesitamos aprender a afrontar la frustración. Un estudio realizado con docentes que aplicaron la terapia racional emotiva conductual (REBT) mostró que aquellos con baja tolerancia a la frustración experimentaban más estrés, creencias irracionales y menor satisfacción laboral. Esto generaba un ambiente educativo más tenso y menos motivador. Por lo tanto, es fundamental trabajar la gestión emocional también en las personas adultas que acompañan a la infancia y adolescencia.

Estrategias para trabajar las emociones desde casa o el aula

Los siguientes recursos lúdicos y pedagógicos pueden ser herramientas muy efectivas para fomentar la conciencia emocional y la tolerancia a la frustración:

  • Debates guiados sobre las emociones:
    ¿Qué son? ¿Para qué sirven? ¿Existen emociones malas? Comprender que las emociones no son peligrosas, sino mensajes que nos indican cómo nos sentimos, favorece la aceptación emocional. Estos debates pueden ayudan a aprender a ver las emociones como herramientas de autoconocimiento.
  • Reconocer emociones a través de juegos:
    Utiliza actividades que involucren gestos o expresiones faciales para que adivinen qué emoción están representando. Puedes asociar emociones con colores, formas o canciones, o incluso realizar escenas de la «Casa de Huéspedes» de Rumi, donde cada emoción es un «huésped» que viene y va, permitiendo una exploración profunda de sentimientos.
  • Juego de roles emocional:
    Invita a los participantes a decir frases simples con diferentes tonos emocionales (por ejemplo, “Hola” de manera alegre, triste, o enfadada). Esto les ayuda a entender que no solo importa lo que decimos, sino también cómo lo expresamos. Este tipo de juegos también ayuda a fortalecer su inteligencia emocional.
  • Diarios o pictogramas emocionales:
    Se trata de motivarles a representar cómo se sienten a través de dibujos, esculturas o acrósticos emocionales. Esta práctica permite validar sus emociones, ayudándoles a conocerse y expresarse sin miedo, además de potenciar la autocomprensión.
  • Esquema emocional para resolver conflictos:
    Crear un cuadro o gráfico en el que cada uno pueda anotar lo que siente, lo que piensa, y cómo actúa, junto con sus antecedentes y consecuencias. Este ejercicio permite contemplar todo el patrón de funcionamiento emocional, permitiendo adquirir mayor autoregulación y control de respuestas impulsivas.
  • Dinámicas sobre mitos emocionales:
    Utiliza frases comunes como “ser emotivo es ser débil” o “hay emociones estúpidas” para desmontar mitos y fomentar una visión más comprensiva y respetuosa de las emociones. Esto les permitirá tener una visión más amplia y sana de sus propios sentimientos.

Para mayor detalle sobre estas dinámicas, puedes consultar este artículo con dinámicas ampliamente descritas y PsicologíaVITAL ofrece talleres sobre gestión emocional.

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Frustración como motor, no como amenaza

El mensaje es claro: evitarle a la infancia la frustración es evitar que madure. En lugar de crearles una «urna de cristal», el objetivo debe ser enseñarles a vivir con las emociones, a tolerar el malestar temporal y a seguir adelante.

Desde el amor, la paciencia y la firmeza, madres, padres y docentes pueden convertirse en los mejores aliados en el desarrollo emocional de la infancia y la adolescencia, guiándoles para que enfrenten desafíos de manera progresiva y aprendan de ellos.

La gestión emocional y la tolerancia a la frustración no solo ayudan a construir personas más resilientes, sino también más empáticas, creativas y felices. En definitiva, educar emocionalmente no es un lujo, es una necesidad para formar personas que puedan afrontar la vida con confianza y seguridad.

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Marga Camba

Margarita Camba Fontevedra, es una polifacética psicóloga colegiada con el nº CL 03920 que desde un pequeño pueblo del Bierzo en el que vive, acude a domicilios de toda la comarca y adyacentes, atendiendo a personas de todas las edades con diferentes problemas.

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